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domingo, 9 de diciembre de 2007

APSI: LOS PERDEDORES


Texto leído en el lanzamiento del libro "Historia de la Revista APSI: El que se ríe se va al Cuartel (Pico para Pinochet)"

Por Mili Rodríguez Villouta
Aterricé en APSI, muy bien vestida, una mañana de 1990. Salí de ahí casi cinco años después, con los zapatos rotos y sin ganas de vivir.
Pertenecer a la banda del Apsi era como estar en los Beatles o en Soda Estereo. Para mí, era el New Yorker de izquierda del periodismo chileno.
En comparación, las otras revistas me parecían de un vejestorio mental impresionante. Había caído el muro de Berlín, Pinochet estaba a punto de dejar de ser presidente no- electo y de convertirse en senador vitalicio. Yo venía de una larga temporada en la vereda tropical, Quito, Ecuador, y eso había deformado mi óptica otorgándome un optimismo excesivo y poco chileno frente a temas graves como el retorno a la democracia y el dinero, entre otros.
Era una incomprendida, pero no me daba cuenta.
Empiezo a leer los libros desde el final. Comillas: “El drama fue que Contreras quería hacer una revista oficialista, y el oficialismo mata los medios”, opina aquí Nibaldo Mosciati. “Nosotros siempre apostamos a que alguna de nuestras propuestas hechas al gobierno prosperara, cosa que no sucedió. Tironi asumió la dictadura como un mero paréntesis”, dice Fernando Villagrán. “Para nosotros el APSI era una revista; para Marras, Contreras y Villagrán, era una tarea política”, afirma Francisco Mouat.
“La autora - constata Rafael Otano en el prólogo- ha querido prestar la voz igualmente a los auxiliares y editores que a los periodistas y secretarias. Ha elaborado una historia desde miradas y roles distintos y a veces distantes. Ningún grupo ha sido olvidado”.
“Todavía recuerdo nuestras carcajadas cuando uno de los sacristanes de Gazmuri nos dijo que el director de APSI debería ser nombrado por el Comité Central del Partido”, relata aquí Arturo Navarro. Se refiere al Partido Socialista de los 80. Inolvidable el estudio psicopolítico de la revista, que hizo un funcionario el régimen. Decía que “Los realizadores de este libelo están plenamente conscientes del efecto del empleo del humor (en este caso canallesco) ya que es de difícil respuesta”.
O (nuevas comillas) “Cuando llamaba el ministro de Pinochet, Francisco Javier Cuadra, para ´corregir´ la información de la revista, el silencio era sepulcral. Pero apenas Marcelo colgaba el auricular del teléfono, reventaban las carcajadas.... Lo grotesco de la situación solo podía causar rabia o risa, y en APSI casi siempre optaban por la risa”.
Cuando se podía optar.
Ya en 1990, primeros día del gobierno de Patricio Aylwin, el logo la revista decía APSI, lo que viene. En 1993, había llegado a ser una publicación pálida. Los sueldos eran de hambre.
No podíamos pagar la luz, ni el arriendo. ¿Por qué seguíamos allí?
Yo me fui más o menos un año antes del desastre final.
Los años del retorno, los años de la transición, como se llamaron, los pasé trabajando en la casona de Alberto Reyes. Un retornado es un extranjero durante mucho tiempo, pero también es un soldado no-muerto que puede servir para otras batallas.
Comíamos porotos con rienda en el Galindo, restaurante de manteles de plástico sobrevolado por una módica población de moscas.
Comenzaban los años 90 a velocidad de Susuki y acreedores. Cada día cruzaba el puente de Pío Nono sobre el río Mapocho, veía la escuela Derecho, y más allá, la revista Paula, la clínica Santa María. Los del Galindo eran grandes almuerzos de luca, y tres años después, fueron sustituidos por marraqueta con mortadela y té.
En 1997, ya casi superado el trauma, publiqué en Planeta un libro llamado “Todos me amaban y ninguno me pagaba la luz”, un libro de entrevistas con mujeres, sobre el amor, un oblicuo homenaje a esas morosas situaciones de no pagar la luz.
En Ecuador había soñado con volver a Chile y entrevistar a personas de La Legua y La Victoria. Lo hice muy poco. Me refugiaba en la escritura de una novela imposible. ¿Por qué se jodió el Perú?, preguntaba Zabalita, en “Conversación en la Catedral”. ¿Por qué se jodió APSI?”, pregunta Carlos Ruiz, que de los tiempos anteriores, recuerda: “Cuando uno salía de su casa, no sabía si volvía, y esa adrenalina cotidiana nos unía mucho más”.
La revista APSI dejó un fantasma en todos nosotros. La queríamos demasiado. Durante unos años vivimos equivocados, pero no se vive de otra forma.
Trabajé con un editor extraordinariamente respetuoso, Rafael Otano. Aprendí de él algo que está y estaba en mi propio guión: que el trabajo puede ser divertido.
Eran demasiado cómicas las reuniones de pauta y los trasnoches de los cierres de número. “Pico para Pinochet”, era la propuesta ritual de título de Fernando Villagrán, y de allí parte del título de este libro.
Las discusiones políticas, aunque apasionantes, las oía como quien oye llover. De algún modo yo les adjudicaba a ellos toda la responsabilidad en los grandes asuntos. Una actitud demasiado femenina, incluso para esa época. Estoy hablando de hace ¡15, 14 años atrás!
No estábamos ajenos a lo que se cocinaba en la trastienda, las promesas de dineros italianos que no llegaron nunca, la doctrina Tironi, etcétera, ¿pero quién lo comprendía realmente? La foto estaba demasiado encima.
En 1990 se fueron en masa los periodistas estrellas de los años de la dictadura. De ellos yo solo conocía a mi amigo Pablo Azócar, que ese mismo año se largó a España a escribir una gran novela ímproba. Habían partido Braithwaite, Mouat, Milena Vodanovic, Claudia Donoso, Marcelo Mendoza, Sergio Paz.
Un verdadero golpe. Pero estaba el gran dibujante Guillo, la talentosa fotógrafa brasilera Inés Paulino, el Pelao Jorge Andrés Richards, el silencioso Roberto Merino, el artista gráfico Carlos Altamirano, y luego la diseñadora Vesna Sekulovic. Y quedaba el equipo fundamental, Marcelo Contreras, Fernando Villagrán y Sergio Marras, que re-importaron a Otano desde España.
Y por eso llegaron o volvieron Rafael Gumucio, Jaime Collyer, Erick Polhamer, Camilo Marks.
Un periodista es un intruso. Y nosotros -los periodistas, escribientes y escritores de los 90- éramos unos intrusos muy raros.
Fui la encargada de la Guía de pecadores, lo que me convertía en una editora cultural de facto, porque no salía en los créditos y nunca pedí que me pusieran. Yo había sido editora de arte del diario HOY de Ecuador y eso me bastaba.
Practicaba y practico el periodismo de cultura, que para mí ha sido siempre como el refugio nuclear donde llegan esos heridos de la realidad que son los artistas y los lectores de artistas, siempre un poquitito mal de la nuca, de la “azotea”. No lo hice bien, y ese lugar de privilegio, la Guía de Pecadores, me lo disputó en un ataque de poder juvenil Gonzalo León, la primera y última persona que eché en mi vida. Gonzalo se portaba pésimo y creía que yo era su mamá, en circunstancias que mi hija era mucho más chica que él, pero en esos días mi estresado instinto maternal no alcanzaba para tanto. Ahora Gonzalo me dice “no me echaste tú, me echó Fernando Villagrán”. Sé que los detalles importan, y que la historia no es una sola, pero no te lo merecías, Gonzalo, y fue un error, un error de impaciencia.
Mea culpa. Yo corregí los primeros artículos de Rafael Gumucio. Terminaban siendo artículos casi míos, afortunadamente salvados por los grandes errores de Gumucio, a quien teníamos que defender en cada reunión de pauta para que no lo echaran, hasta que eso también se convirtió en un chiste.
Mi intención al editar era manejar un bisturí muy fino, bastaba con entender qué había querido decir Gumucio, vislumbrarlo a través de la bruma y la trama de la maldita letra de sus correcciones a mano y sus atroces faltas de ortografía. “Soy disléxico”, explicaba con orgullo. El tenía 19 años.
En la oficina de la calle Alberto Reyes, yo peleaba por teléfono con Jaime Collyer, charlaba con un brillante Camilo Marks, y con Eric Pollhamer, que vivía un estrellato de televisión en “Cuanto vale el show”, estelar que ninguno de nosotros veía.
Polhamer escribía unas cosas divertidísimas y futbolísticas, tenía miles de lectores. Collyer renegaba de la mala idea de haber vuelto a Chile, y se esforzaba en crear un estilo periodístico, mientras otros detestábamos la idea de caer en el estilo periodístico.
Pero la verdadera dueña de ese lado del cuarto piso, era Elena Gaete, periodista de la Universidad de Chile, la única en preguntar por qué APSI había dejado de ser una revista de combate, por qué yo seguía feliz en medio de la debacle.
Trabajaron en ese APSI de bajada, los estudiantes Héctor Monsalve, poeta, Juan Andrés Guzmán, actual editor de The Clinic, Juan Andrés Quezada, y Marcela Espíldora. Carlos Ruiz adoraba a la Marcelita Espíldora. Todos adorábamos a Ruiz, a Carlos Bezanilla, a la Chandy. Y a Nicanor Teuquil, que murió en 2002, bajo un expediente horrible: negligencia médica.
Negligencia profesional.
Pronto llegaron a la revista Patricia Verdugo y María Eugenia Camus, que venían de otros cierres, los de HOY y Análisis. Estuvieron poco tiempo.
Todo eso mientras nuestra rubia natural, Cristina Wormull conseguía una publicidad ganadora, de la empresa privada, y mientras el gobierno ponía la mayor parte del dinero destinado a publicidad, en El Mercurio y en Copesa. De eso, APSI tenía un porcentaje casi invisible que se contradecía, por lo menos, con el número de sus lectores.
Estábamos equivocados.
Flotaba en el aire el fantasma de lo que había sido la revista, fantasma de números titulados No es comunismo, es hambre, Patria y músculo, Así se tortura en Chile, Los mejores chistes de milicos, Cómo y quiénes hicieron desaparecer, en plena dictadura.
La risa, la verdad y la tragedia. A nosotros nos tocó la tragedia de la democracia limitada, de la transición, de los pactos de silencio. En Chile se habían firmado más de 200 leyes secretas...
Asistidos por nuestros inmóviles y cada vez más atrasados sueldos, casi sin sacar cuentas, hacíamos lo mejor. Ni siquiera pensábamos en cambiarnos de trabajo. Pero estábamos perdiendo, aunque el equipo de APSI siguiera ganando en el fútbol.
La revista tenía una deuda de arrastre de 80 mil dólares. Para sacar el último número, solo faltaron seis millones de pesos. “Vivan las victorias parciales, porque son las únicas posibles”, había anotado Rafael Gumucio.
¿Qué tiene esta revista, que escribe su historia a cada rato? Todavía no me convenzo de que Nicanor haya muerto. Lo supe mucho después. Dejamos de vernos. No nos hemos visto en años.
Para mí, al final la revista era como “El Astillero” de Onetti. Un lugar ficticio. Un lugar donde íbamos a trabajar pero no había trabajo. Desde el Pacífico venía, como un remolino de dólares depreciados, la crisis asiática. Y en los pasillos de la revista se cruzaban dos rumores frecuentes: uno era que se iba a cerrar la revista. El otro era que nos iban a pagar.
Uno de los responsables de la política comunicacional que hundió a Fortín Mapocho, Análisis, HOY, Página Abierta, La Epoca, y APSI fue Eugenio Tirón. Comillas: “El director de la Secretaría de Comunicaciones y Cultura, que acuñó una frase hermética cuando el director del Fortín Mapocho recurrió al gobierno para pedir que ese diario recibiera un 10% del avisaje que el Estado destinaba a El Mercurio, para justificar su negativa, contestó: La mejor política de comunicación es no tener ninguna política de comunicación”. Antes o después, dijo: “El actual consenso está fundado un poco sobre el silencio”.
Los episodios o consecuencias de la Doctrina Tironi están en este reportaje.
Leo en la página 88:
“Estuvimos todo el día juntos, en las puertas de sus oficinas, esperando que Marcelo Contreras y Fernando Villagrán nos dijeron que íbamos a hacer. Pero ellos no salieron. Cuando dieron las seis de la tarde, nos miramos entre todos y decidimos demandarlos. Hubiese bastado un abrazo, una palabra de agradecimiento para que nosotros no nos sintiéramos traicionados”.
Yo no estaba allí, y es doloroso leer esto.
Yo no alcancé a decepcionarme de nadie. Celebro y admiro el poder de síntesis de Francisca, la fuerza y claridad de su narración, su endemoniada capacidad de ver bajo el agua, su respeto por todos los personajes. Unos son los buenos y otros los malos, en esta trama. Algunos de los supuestos malos, al final, se salvan. En su peor momento, se salvan. Porque se hunden con el barco, aunque sea encerrados y solos en la ya inútil cabina de mando.
(FIN)

Este texto fue leído en el lanzamiento del libro "Historia de la Revista APSI: El que se ríe se va al cuartel (Pico para Pinochet)" de Francisca Araya Jofré.