Galería de Imágenes

www.flickr.com
Francisca Licarayen's items Go to Francisca Licarayen's photostream

miércoles, 11 de septiembre de 2013

A mis padres (y a su generación a 40 años del golpe)

En lo primero en que pensé hoy, fue en mis padres, y en que nunca les he dado las gracias por esto; por un país donde la muerte no es el pan de cada día. 
Un día como hoy hace 40 años, mi madre tenía 18 y mi padre 20. Eran tan niños. Tan niños. Y el horror se instaló en sus vidas cotidianas de una manera que es imposible imaginar si no se vive en carne propia.

Ellos no son ejecutados, no son torturados, ni clandestinos ni exiliados. 
Ellos son parte de los miles de chilenos que resistieron con los ojos bien abiertos. 
Los que no desviaron la vista cuando pasaban los cuerpos río abajo por el Mapocho.
Los que supieron de la tortura al ver las cicatrices de sus amigos.
Los que prendieron las luces cuando los milicos llegaban a las puertas de sus vecinos.
Los que volvieron a organizarse porfiadamente tras cada toque de queda; aún sabiendo que los errores se pagaban con la vida. Aún cuando el riesgo no fuese una golpiza, sino un agujero negro donde el horror te dejaba sin habla.
Así aprendieron a hablar en clave, a reconocerse con la mirada, a escribir con letra microscópica y a disimular el miedo con un poco de risa.
Así pasaron 17 años y nunca dejaron de hablar, de reunirse, de escribir, de pintar lienzos, de imprimir volantes, de prender velitas, de marchar, de prestar la casa y de esconder a los perseguidos.
Así vivieron 6 mil 200 noches entre balazos y la cortina sincopada de radio Cooperativa. Seis mil noches de rabia, dolor y miedo, donde no faltó ni siquiera el pequeño milagro que los salvó de la muerte.
Así se les fue la juventud.
Cuando acabó la dictadura, mis padres ya no eran niños, ya tenían 3 hijos y se acercaban raudamente a los 40. 
Muchas veces hemos discutido de política porque a mi no me convence esta democracia. 
Pero solo hoy me doy cuenta que decirle dictadura a nuestro presente es un insulto de grueso calibre para ellos y para su generación.
Y me doy cuenta recién ahora, a los 33, porque durante 2 años viví con el miedo a que los matones del alcalde golpearan a mi compañero. Una minúscula fracción del miedo que sintieron ellos.
Y entonces alcanzo a distinguir la silueta del terror.
Por eso quería darles las gracias, a ustedes y a todos sus compañeros: por heredarnos un país sin dictadura, donde podemos criticar, gritar, marchar, discutir y crear una democracia que le haga honor a su nombre.
Gracias por heredarnos un país donde el horror ya no es una sombra en cada esquina.

No hay comentarios:

Publicar un comentario